La Vida de Adèle, o aprender a mirar cómo mirar. Un punto de vista heterosexual

La vida de Adele

[Cuidado, esta entrada puede contener SPOILERS. No continúes si no has visto la película o leído la novela gráfica]

Llevo cuatro días con La vida de Adèle enredada en la cabeza. Hacía mucho tiempo que una película no me provocaba esta sensación, y eso que este año hemos tenido grandes películas como Antes del Anochecer (sencillamente perfecta) o Gravity (técnicamente impecable). Ayer, leyendo el post de Hay una lesbiana en mi sopa sobre “La vida de Adèle desde el punto de vista de una lesbiana” pensé que debía complementarlo con una visión de la película desde un punto de vista heterosexual.

Habrá mucha gente que piense que la historia de Adèle y Emma puede contarse en hora y media, que la hemos visto mil veces, pero a mí no me sobra ni uno solo de sus 179 minutos. Mi padre, cuando yo era pequeño, se sentaba enfrentado a mí mientras yo veía la televisión, mirándome. Decía que le gustaba ver cuáles eran mis reacciones, lo que sentía al ver lo que aparecía en la pantalla, más que verla conmigo. Algo así es lo que hace Abdellatif Kechiche con Adèle. En la gran mayoría de la película no vemos lo que ella ve, sino cómo lo ve. Su mirada, sus reacciones ante las situaciones que le ocurren. Por eso no me sobran ni una sola de las escenas cotidianas en las que Adèle come, duerme o corre hacia el autobús, porque aportan muchísimo sobre el personaje sin decir una sola frase.

El cine lésbico suele adolecer siempre de un punto medio: o bien se prescinde completamente del varón (como en la serie The L Word, donde prácicamente no hay hombres y, los que están, son estúpidos) o bien se ofrece una imagen completamente fálica de las relaciones entre mujeres. La fallida Habitación en Roma cae dentro de esta categoría, donde la historia de una noche entre dos mujeres se ve salpicada continuamente con imágenes masculinas (la botella penetrante, el mozo del hotel ofreciendo un trío, las pinturas masculinas de la habitación, el vergonzoso Cupido…), como si ellas dos no fueran capaces de satisfacerse mutuamente. La Vida de Adèle rehuye estos esquemas y muestra a los hombres como una pieza más del puzzle, que para eso son -somos- el 50% de la población. Hay personajes masculinos bien construidos (el amigo gay de Adèle, o el chico con el que habla en la fiesta de Emma), sin por ello desprestigiar el amor que hay entre ellas dos. Sé que la autora de la novela gráfica en la que se basa, Julie Maroh, ha renegado de la película, pero ya llegaremos a eso.

Escena de La Vida de Adèle

Pocas películas como ésta han sabido tratar las elipsis narrativas como lo hace La Vida de Adèle. En cualquier película comercial, un cartel superpuesto nos indicaría que han pasado tres años de una escena a otra, pero aquí no hace falta. En tres segundos vemos rota la continuidad entre escenas y sabemos en qué época nos encontramos. Adèle, por ejemplo, se toca el moño compulsivamente al inicio de la película, cuando sólo tiene quince años, como síntoma de inseguridad. Lo mismo ocurre cuando se sube los pantalones al andar. Poco a poco, cuando hay un salto narrativo, vemos cómo sus tics dejan de ser tan frecuentes, y sabemos que ha madurado. Sólo un detalle prevalece durante toda la trama: su forma de dormir, bocabajo y espatarrada en la cama, como conservación de su niñez e inocencia, que sólo se ve rota cuando las noches de insomnio la acogen en posición fetal.

La forma de tratar el diferente origen social de las dos protagonistas merece mención aparte. Es algo que no está en la novela gráfica y que es mérito total de la película. Mostrar a Adèle comiendo espaguetis (siempre espaguetis) con la boca abierta, manchándose los labios, mientras en la familia de Emma se degustan ostras y marisco resume todo el bagaje previo de ambas en un par de planos.  Los amigos intelectuales de Emma detallando cada virtud de su cuadro, mientras Adèle sólo puede balbucear un lastimoso me gusta… todo, un ejemplo más.

Y el uso de la música, otro detalle a considerar en una película que se te clava más cuanto más la piensas. Sólo existe música ambiental, en las escenas en que bailan o hay alguna fiesta, pero no hay un violín o un piano que te indique cuándo debes llorar, como en la mayoría de producciones estadounidenses. Eso implica que estás tú solo contra las palabras y los gestos de Adèle, comiéndote la rabia en la magistral escena de la cafetería -que tampoco está en la novela gráfica- cuando Adèle intenta tocar todo el rato a Emma mientras ella le dice que ya no la quiere, o sufriendo con la discusión tras el desliz de la protagonista. Son ellas, sin artificios, sin más.

La razón por la que Julie Maroh reniega de la película es, posiblemente, el tratamiento de las escenas sexuales. Totalmente explícitas, no las puedo juzgar objetivamente porque -desgraciadamente- nunca he estado ahí, pero sí me atrevo a hacer una valoración. La escena de las tijeras, perenne fantasía masculina de las relaciones lésbicas, casi imposible fisiológicamente para el placer mutuo según mis amigas lesbianas, es probablemente la que más sacada de contexto está dentro del tono general de la película. Sin embargo, aporta artísticamente más que resta, y refleja el mayor deseo, la mayor naturalidad que he visto en los últimos tiempos en el cine en una escena de cama. No hay una visión voyeur morbosa dentro de la escena, o al menos a mí no me lo parece. Es cine, y ya sabemos el tratamiento que da el cine al sexo, donde la chica suele estar con la sábana entre los dos cuerpos con pudor para no enseñar nada. Se agradece la naturalidad.

Otra de las grandes virtudes de la película es que es una historia de amor universal, que habría funcionado exactamente igual entre dos hombres, o entre un hombre y una mujer. Que la relación sea lésbica le aporta matices, da como resultado una película distinta y poco convencional, pero no es únicamente una película sobre lesbianas. Y es ahí donde quizá se distancie un poco más de la novela gráfica.

En el cómic, que reconozco que me encantó, el conflicto de Adèle para asumir su homosexualidad es mucho mayor, hasta el punto de que discute con sus padres y la echan de casa. En la película todo eso no se ve, y pasamos de la escena en que Emma cena en casa de su novia, ocultando su relación, hasta el punto en que ambas viven juntas. No echo de menos ese conflicto, porque para eso ya están otros bollodramas notables como Lost and Delirious. Además prefiero el final ambiguo y desolador de la película a la muerte empastillada de la novela gráfica, donde quizá se arruine en el último tercio una historia estupenda.

[youtube http://youtu.be/3uHcRnzRPpQ]

El papel que interpreta Adèle Exarchopoulos es uno de ésos que te persigue durante toda una carrera, y sólo espero que no la veamos en su siguiente película haciendo una estúpida comedieta francesa. Las dos actrices -sobre todo Léa Seydoux– se han quejado de la dureza del rodaje y la presión a las que le sometía el director, pero mi conclusión es que, si se necesitan 96 tomas para conseguir las sensaciones que transmiten ambas en pantalla, bienvenidas sean. Ahí está el resultado. Chúpate esa, Julio Medem.

  • Lo Mejor: Adèle Exarchopoulos y las elipsis narrativas
  • Lo Peor: que la polémica entre el director y las actrices, las escenas sexuales y la autora de la historia esté empañando todas las virtudes del film
  • Calificación: 10
  • IMDB: http://www.imdb.com/title/tt2278871/

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Y, de propina, una selección de películas y series de temática lésbica y mis calificaciones, por si te perdiste alguna:

  • La Vida de Adèle: 10
  • Orange is the New Black (serie): 10
  • The L Word (serie): 6
  • Mulholland Drive: 8
  • Los Chicos están bien: 7
  • Habitación en Roma: 4
  • Las Horas: 9
  • Lost and Delirious: 6
  • Lazos Ardientes: 7
  • Criaturas Celestiales: 10
  • Eloïse: 7
  • High Art: 7
  • Goldfish Memory: 8
  • Sugar Rush (serie): 7
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